Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán no estaba preparado para aquel grandioso espectáculo de la Naturaleza. Sentíase como ratoncillo circundado de colosales e innumerables fragmentos de rocas revueltas, quebradas, fragosas, con agudas aristas, destacándose en la vivísima luz del sol poniente. La altiplanicie era un desierto de quebradas líneas limitado por un semicírculo de lomas. Las colinas de la izquierda tenían cimas de color bermejo y perdíanse en una región de mil picos. Las lomas de la derecha eran de púrpura pura, fría, sin destellos cálidos, y terminaban en vaga lontananza. Entre las lomas de ambos lados, a gran distancia del río Colorado, erguíase, plenamente visible ahora, la montaña que Adán había vislumbrado desde abajo. Podía contemplar su maravillosa inmensidad agrandada más aún por la transparencia del ambiente; su ilimitado horizonte parecióle una ilusión, e increíbles sus vagas distancias purpúreas. Claramente percibía los cañones con su vaho de color aberenjenado; las rocas desnudas de la montaña revelaban la árida naturaleza del, desierto. Sobre toda la vasta región cerníase la terrible aridez de un mundo muerto, bello e imponente, con sus matices de rosa y topacio, que eran sólo una burla para el enamorado de la vida.
Sobre el hombro de Adán cayó una mano.
—Vamos, amigo; vamos a ver el juego y las mujeres —le dijo Arellano.