Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —SÃ.
—¿Y ella fue la causa de su infortunio? —¡En efecto, pobre desgraciada!
—¡Maldita! —exclamó Magdalena con cólera—. ¿Y usted sólo tenÃa entonces dieciocho arios? ¡Cómo la odio!… ¿Y quién fue el hombre que ganó aquel corazón inconstante?
—Mi… hermano.
—¡Oh, no, no! —exclamó ella—. ¡El muchacho a quien tanto querÃa usted… su hermano! ¡Oh, no puede ser!
—SÃ, mi hermano… Y… Magdalena… Jo maté. Con un grito ahogado Magdalena abrazó a Adán, rodeándole con sus delicados brazos, como si quisiera protegerlo, poniendo su rostro sobre su pecho, inclinándose sobre él como una madre sobre su hijo.
—¡Dios mÃo! ¡Oh, Dios mÃo! ¡Qué horror!… ¡Su hermano!… ¡Y yo creÃa que mi secreto, mi pecado, mi cruz, eran tan terribles! ¡Mi corazón sangra por usted, Wansfeld… pobre y desgraciado caminante!