Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—¡Cruce! ¡Pronto! —gritó con todas las fuerzas de sus pulmones.

Midió la distancia entre él y la mujer. ¡Eran unos doscientos metros! Y las rocas pasaban raudas por aquel espacio.

Magdalena le oyó, blandiendo su blanca mano para rogarle que no se acercara, que se alejara de la zona peligrosa. Luego señaló ladera arriba. Adán giró en redondo. ¡Qué espectáculo! Las rocas bajaban en masa, saltaban, rebotando, al aire y volvían a caer con estruendo, arrancando y poniendo en movimiento de rotación más rocas. Muy arriba, en la fatídica pendiente, apareció Virey, trabajando con frenesí. No se trataba ya de asustar a su mujer; quería matarla. Su mente insana había descubierto el secreto de la ladera y dentro de pocos momentos habría puesto en movimiento el temido alud. Adán abrió la boca para dar un grito estentóreo, pero una gran piedra cayó a sus pies, advirtiéndole el peligro que él también corría. Vio venir hacia él en terrible carrera otras rocas y, saltando hacia uno u otro lado, sorteó el peligro. No temía por sí mismo, sino por Magdalena; un furor terrible contra Virey le dominó.



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