Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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El joven echó a correr, porque estaba a gran distancia de la choza, aunque la veía bien. No había persona alguna a la vista. Más de una vez advirtió que rebotaban trozos de roca cerca de la valla de arbustos que él había hecho, saltándola y elevando nubes de polvo. Adán apresuró el paso, corriendo velozmente. Llegó a un punto opuesto al borde, a modo de abanico, de la gran pendiente de piedras y rocas sueltas, y le pareció entrar en una zona de ruidos infernales. Además, el tamaño de las piedras que rodaban montaña abajo parecíale demasiado grande para ser real, y lo atribuyó a defecto de la visión, al terrible ruido del despeñamiento, al viento que al correr le llenaba los oídos.

De pronto un ruido ensordecedor le obligó a darse cuenta de la realidad y a detenerse. El alud había comenzado a ponerse en movimiento, deteniéndose un instante. Por todas partes rebotaban y rodaban piedras y rocas, elevándose nubes de polvo. Oyó el estruendo de un peñasco al pasar por detrás de él, a poca distancia. Al mirar hacia la choza vio que una gran roca rebotaba del suelo, cayendo al parecer sobre aquélla. En efecto, un instante más tarde, la choza se derrumbó. El corazón de Adán dio un salto; el joven quedóse como clavado en el suelo. Luego vio salir una forma blanca del abrigo contra el sol. Adán dio un suspiro de alivio; era Magdalena, sana y salva aún. Verla y recobrar su agilidad fue instantáneo.


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