Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Raras veces se alejaban sus burros del campamento, mas aquella mañana no los halló cerca del manantial ni tampoco en las mellas de los muros roqueños. Fue a buscarlos, encontrándolos al fin cerca de la ladera. Tras obligarlos a descender, y después de recorrer aproximadamente la mitad del camino de regreso, uno de los burros se detuvo de pronto, alzando las orejas. Algún movible objeto debía de llamar su atención, mas Adán, a pesar de mirar a todas partes, nada vio. Obligó a andar al burro, que a poco se detuvo de nuevo. Adán se detuvo también. La choza estaba a la vista, y, al escudriñar atentamente en aquella dirección, le pareció ver un objeto gris que se precipitaba por la ladera. Se frotó los ojos, lanzando exclamaciones de contrariedad. Temía que el calor le hubiese dañado la vista. Al volver a mirar percibió claramente un objeto gris que rodaba a gran velocidad entre él y la choza; pero no le fue posible determinar qué era. Obligó al burro a caminar, observando que el animal se portaba de un modo extraño. Vagamente recordó que aquel burro le había avisado va en otras ocasiones la inminencia de algún peligro. Se detuvo, pues, una vez más y escuchó con toda atención. En efecto, a poco oyó el ruido peculiar de un peñasco que rueda montaña abajo tropezando con las desigualdades del terreno. El misterio del objeto gris estaba descubierto. Virey hacía nuevamente de las suyas despeñando rocas.


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