Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Su voz se había debilitado; no pudo seguir hablando al sobrevenir otra ráfaga de aire caliente cargado de arena y polvo. Adán bajó la cabeza, resistiendo los embates del viento. Magdalena quedó postrada, con los ojos cerrados las manos inertes. Así pasaron horas, hasta que al fin terminaron las terribles ráfagas. La sombra vacilante de un hombre entró en la choza; era Virey, que se retiraba. Adán permaneció con Magdalena hasta el alba, y cuando vino la luz grisácea del nuevo día, se levantó para preparar el equipaje y los burros, con objeto de alejarse con su amiga del fatídico valle. Su decisión había aumentado con el horror de la noche. Si Virey trataba de oponerse, acabaría definitivamente con él.

Adán echó otra mirada sobre la durmiente, y luego contempló el estuche de marfil.

—¡Su hija Ruth… para mí! —dijo lentamente—. ¡Qué extraño si nos encontrásemos! Si… Pero no, es imposible. Magdalena desvariaba al decirlo.

Llevó la cajita a su campamento, buscó entre sus cosas un pañuelo de seda y, rompiéndolo, envolvió en un trozo el precioso regalo depositándolo después dentro del cinturón que llevaba oculto y en el que guardaba su dinero.

—Y ahora, a prepararse para salir del Valle de la Muerte —exclamó con decisión.


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