Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Cuando Adán volvió en sÃ, habÃan pasado pocos momentos, mas ya se hallaba fuera del radio de acción del alud. OÃa vagamente el estruendo de las rocas; pequeñas piedras llegaban hasta sus pies; el eco del trueno retumbante apagábase poco a poco y el silencio que le sucedió fue terrible por el contraste. Al cesar la reacción del horror pasado, Adán se dio cuenta de que por un milagro se habÃa salvado de la muerte. La enorme nube de polvo y arena le envolvÃa aún por completo, obligándole a respirar fatigosamente, como un hombre que se resistiera a ahogarse. Poco a poco fue posándose la arena, y el polvo ligero, llevado por el viento.
Adán se puso en pie, no sin trabajo. La enorme roca que habÃa sido su salvación hallábase rodeada de un mar de peñascos y rocas pequeñas. No quedaban vestigios de la choza. Todo estaba cubierto de varios metros de roca y Magdalena yacÃa para siempre bajo las piedras. Adán se estremeció y, encorvándose, ponderó lo inevitable.
—¡Demasiado tarde, demasiado tarde!, —fue la triste exclamación que envió al silencio. Aturdido, se dirigió al ingente sepulcro de Magdalena Virey y lloró ardientes lágrimas de contrición, sufriendo terriblemente.