Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto El calor y la opresión aumentaron hacia medianoche; a poco empezó a soplar con suavidad el aire cálido. Adán sintió cierto cosquilleo en la piel y que se le secaba el sudor. Un inmenso y lastimero ulular acompañó al viento, como un alma en pena. Adán salió por fin de la zona de suelo desigual, para penetrar en el terreno liso y seco cubierto de capas de sal, sosa, bórax y álcalis, que crujían como seda bajo sus pisadas y las de los burros. Adán celebró el hecho de que el viento que se estaba levantando le diera de espalda. Continuó la marcha, con los burros otra vez delante, dirigiéndose en línea recta hacia las serradas cimas de vagos contornos.
Al aumentar el viento, Adán advirtió que el estruendo no era tan grande en pleno valle como entre las paredes de la montaña; limitábase a un sonido quejumbroso, ora fuerte, ora suave. En cambio, el calor era mucho más intenso, y lo irrespirable del aire, a causa del polvo salino que levantaba el viento, y el olor a gases venenosos dificultaban el avance.