Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Tan lento y gradual fue el cambio del crepúsculo a la oscuridad que no lo hubiese notado a no ser porque, frente a él, la serrada cima de la montaña iba desvaneciéndose. En el centro del valle no reinaba la oscuridad, sino un color de rayos de luna sobre mármol, una claridad vaga, opaca, que falseaba las distancias. Las montañas parecían muy lejanas; las estrellas, muy próximas. Uno de los burros mostrábase obstinado; quería apartarse de la dirección en que Adán le obligaba a andar; no quería cruzar el valle; el instinto le había enseñado la sabiduría de fa oposición. Más de un burro había salvado la vida de su amo rehusando obstinadamente caminar en dirección equivocada. Pero Adán, conociendo la meta, aunque bondadosamente, obligó al burro a ir por donde él quiso.

Al cabo de algunas horas, el color ceniza del fondo llano del valle empezó a cambiar de color y de configuración. La capa de sal, que lo cubría hízose desigual, con un color gris sucio, mas como pocos meses antes había debajo de ella el agua salitrosa, ahora, secada ésta a causa del tremendo calor del verano, todo sonaba a hueco. Más de una vez tuvo que auxiliar a sus burros para que saliesen de algún agujero en que se metían, y en una ocasión hasta tuvo que descargar uno por completo para poder extraerlo de una trampa. Llegó también el momento en que, además de ir delante para abrirse camino, tuvo que arrastrar a los burros con cuerdas.


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