Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —¡Estamos moliendo mineral, Wansfeld! —exclamó Dismukes, con salvaje risa—. ¡Venga más mineral, compadre!
El hércules dobló el cuerpo sobre la barra, haciéndola girar. Era un tremendo esfuerzo supremo. La sangre corrÃa por sus: desnudas espaldas. Impulsó el artefacto hasta llegar a correr; su cara feroz y el enorme pecho agitado, con su pelambre gris, dábanle el aspecto de un gorila empeñado en una lucha mortal.
El último bandido se precipitó sobre Adán, bajando la cabeza. Ya no gritaba, no trataba de huir; hubiera dado su vida por matar a su enemigo.
—¡Más mineral, compadre Wansfeld! —seguÃa gritando Dismukes, cuando de debajo de las piedras salió un horrendo alarido de agonÃa.
De pronto Adán envió a su contrincante de un terrible golpe hacia el arrastre; en aquel momento pasó Dismukes en su vertiginosa carrera, y la parte sobresaliente de la barra cogió al bandido, que se vio elevado y lanzado con tremenda fuerza sobre la roca, y la barra, libre de su peso, le cascó la cabeza cama un melón maduro.