Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán, a pesar de su cansancio y de la tristeza que sentía, no pudo sustraerse al contagio de la alegría de su amigo. La gran tarea de Dismukes había terminado. Recibía el premio por su larga busca del Vellocino de Oro. Sus treinta y cinco años de caminar, de sufrir, habían acabado, y la vida sonreíale de pronto, encantadora y bula. Veía realizado el sueño de sus años juveniles, alcanzando la meta de la fortuna. Ahora, a descansar, a gozar de la vida, viajando cómodamente y divirtiéndose… a realizar todo lo que le había hecho esclavizarse. Maravilloso pasado…, hermoso porvenir.
Dismukes hallábase como alocado. Tan pronto entregábase a describir con elocuencia fascinadora lo que pensaba hacer, como hablaba de temas completamente extraños al asunto.
—Una vez —dijo— me encontré perdido en el desierto y me dispuse a morir. Fue la única vez que me perdí. Había ido caminando sin agua ni provisiones durante días y días, hasta que por fin una madrugada caí exhausto, convencido de que había llegado mi última hora. Estaba contento de morir…, tanto era mi desfallecimiento. Aún recuerdo el pálido aspecto de las estrellas…, la luz grisácea de la aurora…, el terrible silencio. Sí, sí, deseaba morir pronto… ¡Y de repente oí el canto de un gallo!
—¡Ah, vamos! Se dispuso usted a morir cerca de una hacienda. Resulta divertido —declaró Adán.