Los Caminantes del desierto

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—Pero ¡en nombre de Dios!, ¿por qué? —exclamó Dismukes al fin, furioso, girando sus ojos saltones—. Es oro. Casi todo lo extraje yo antes de que viniesen esas canallas. Es oro limpio, sin tacha. Usted merece parte de él. La mitad de lo que acabo de recoger me basta para completar la suma que he anhelado reunir, hasta me sobra… ¿Por qué, pues, hombre de Dios, no quiere usted tomar nada?

—Bueno, amigo mío, le voy a decir el grave motivo que me impide aceptar su oro: es demasiado pesado para llevarlo en mi equipo —repuso Adán, sonriendo al decirlo, porque era en realidad la única causa de no aceptar el ofrecimiento.

Dismukes se quedó mirándole un rato, con ojos muy asombrados y la boca abierta. Al parecer, le comprendía tan poco como Adán a él. Terminó por echar unos cuantos ternos, siguió gruñendo largo rato y después, resignándose, volvió a estar tan satisfecho como antes.






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