Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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I

Adán Larey contempló con mirada dura y sorprendida la silenciosa corriente del río de bermejas aguas por el que pensaba dirigirse al desierto.

El río Colorado no inspiraba seguridad ni confianza. Con fuerza silenciosa rebasaba sus bancos de arena como si pretendiera engullirlos; fangoso y espeso, deslizábase con mil revueltas y enorme caudal desde el Estado de Arizona hacia la costa de California. Majestuoso y rutilante bajo el cálido cielo, dejaba las márgenes verdes de álamos y sauces para dirigirse al Sur, hacia la desnuda y abrupta altiplanicie, hacia las rojas rampas del ignorado y tenebroso desierto.

Adán precipitóse hacia la orilla y echó su equipaje en una lancha, volviéndose después con la misma presteza para contemplar la polvorienta ciudad de Ehrenberg, con sus casas de adobe, adormecida ahora bajo el tórrido sol de mediodía. No despertaría de aquella somnolencia hasta el regreso de los cansados cavadores de oro, la llegada de la diligencia o la del vapor. Un indio talludo, de tez morena y cabello desgreñado, inmóvil junto a la tapia, contemplábale estúpidamente.

Entonces Adán, abatido, estalló en sollozos que desgarraban su pecho, impidiéndole hablar con coherencia.

—¡Guerd… ya no es… mi hermano! —exclamó balbuciente, con un dejo de humillación y de amor traicionado en la voz.


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