Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—¡Y… y ella… nunca más… nunca más pensaré en ella!

Y haciendo un esfuerzo para dominar su turbación, dirigióse de nuevo a la lancha. Adán Larey aparentaba ser un muchacho de unos dieciocho años; su rostro era moreno, limpio y de bellas líneas; su estatura alta, erguida; sus hombros, anchos.

Al desamarrar la lancha le invadió una singular emoción; el aspecto del río le fascinaba. Si antes fue la bebida lo que le impulsó a la temeraria hazaña, ahora una extraía atracción parecía exaltar en él el deseo de aventurarse en las regiones selváticas. Pero aún había más. No quería volverse a ver dominado por su hermano Guerd, que, egoísta, se lo había quitado todo sin darle nunca nada. Guerd lamentaría acaso su marcha. Al pensar en esta posibilidad, Adán sintió remordimiento. La costumbre de dejarse influir durante largos años y la fuerza del cariño concebido en la infancia, le hicieron vacilar. Mas, a poco, surgió de nuevo la ola del resentimiento. Ante sí tenía el río Colorado deslizándose hacia el Sudoeste, el camino para entrar en los ilimitados espacios de las regiones desiertas, con sus misterios, sus aventuras, sus yacimientos de oro y, sobre todo, su tentadora libertad.

—¡Me iré! —exclamó apasionadamente y, de un empujón, puso la lancha a flote para saltar dentro al mismo tiempo.


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