Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto La embarcación movióse con lentitud hasta penetrar en la corriente, donde, como cogida por una fuerza invisible, empezó a deslizarse río abajo. Adán tuvo la sensación de que la irresistible corriente de aquel misterioso río se apoderaba de su corazón. No era posible retroceder en aquel camino, no había brazo humano ni remo con suficiente fuerza para vencer su resistencia. ¡Fue una amarga revelación! ¡Con cuánta rapidez desapareció la ciudad de adobe y el sombrío piel roja junto a la tapia! Dejaba atrás la, ciudad de Ehrenberg, un hermano que era su único pariente y un amor que fue una decepción.
—He acabada para siempre con Guerd —murmuró el joven, volviendo hacia el poblados sus ojos secos y duros—. Culpa suya fue. Madre me lo advirtió… ¡Ah, si ella viviese aún tendría yo hogar!… No estaría aquí, en el bochorno de estas tierras áridas y estériles… entre hombres que más bien parecen lobos y… mujeres que…
No acabó el pensamiento; sacó de su equipaje un frasco que brilló al sol y, blandiéndolo con aire de desafío hacia la última cabaña de Ehrenberg, bebió su contenido. Luego tiró el frasco con violento ademán de repugnancia. No le gustaba la bebida fuerte. La botella produjo un ruido sordo sobre el agua y se hundió. Adán cogió los remos y empezó a remar río abajo vigorosamente.
