Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto En silencio contemplaron los dos la blanca calavera. A pesar del horror que inspiraba, tenÃa cierta belleza. Un dÃa bulleron en su interior pensamientos y emociones, y ahora…
Adán y Dismukes pasaron medio dÃa junto al manantial de aguas arsenicales, sufriendo abrasadora e implacable sed bajo los tórridos rayos del sol, para erigir una tosca cruz de piedra advertidora del peligro: ¡Atención! ¡Peligro mortal! ¡Agua contiene arsénico! ¡Buena agua a cinco millas! ¡Seguid cauce seco!
Dismukes pareció profundamente satisfecho y un poco feliz por la tarea cumplida. Era el monumento que marcaba el término de sus experiencias en el desierto.