Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Al fin llegó el día en que Adán contempló como Dismukes alejábase con sus burros hacia las regiones civilizadas. Marchaba el antiguo buscador de oro con paso ágil y rápido, con el mismo paso con que había recorrido año tras año, durante tres decenios y medio, el desierto. Era el paso de un hombre que está seguro de no dejar nada tras de sí y que ve el porvenir lleno de risueñas aventuras. Estaba cansado del desierto. Éste le había dado las riquezas que anhelaba poseer y ahora dirigíase a lugares más alegres, más benignos, donde poder disfrutar del oro. Adán veíalo marchar con tristeza y, sin embargo, mezclábase a su tristeza cierta alegría y no poco temor. No comprendía cómo era posible que Dismukes se marchara para siempre. Adán tuvo sensaciones que no pudo analizar. La estentórea voz de Dismukes, sonora y espléndida, aún sonaba en sus oídos: «Adiós, compañero, estamos en paz… Adiós». Ahora comprendió Adán por qué un indio noble, no viciado por los blancos, reverenciaba las deudas que implicaban la vida. El pagar esa deuda era toda la unión y hermandad que existía en el mundo. Si le era grato recordar que le habían salvado la vida, aún le causaba más satisfacción recordar que había salvado la vida de su salvador. Adán, profundamente emocionado, vio descender a Dismukes por la arenosa senda, tras sus incansables burros, hasta que su figura se perdió en la monotonía gris del solitario desierto, tan solemne, infinito y misterioso.