Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Atando los burros a los arbustos, junto a la senda, desanduvo lo andado. Poco tardó en ver a través de la oscuridad una débil luz. Los dos hombres habÃan acampado a cinco millas de distancia del lugar del encuentro, pero desviándose del camino y escogiendo una pequeña hondonada. Cuando estuvo cerca del lugar vio que habÃan encendido una buena fogata y que estaban preparando la cena. La muchacha estaba sentada en desconsolada actitud. Ella vio a Adán antes que los hombres advirtieran su llegada. Adán la vio temblar y ponerse rápidamente en pie. De pronto, uno de los hombres se levantó, llevando la mano a la cintura.
—¿Quién va? —preguntó amenazador. Adán se detuvo dentro del cÃrculo de luz.
—Soy yo. He perdido mi chaqueta, que debió caerse del burro. ¿La han encontrado ustedes por casualidad?
—No, no hemos encontrado ninguna chaqueta —repuso el hombre secamente, bajando al mismo tiempo la mano.
El otro estaba amasando harina y agua en una sartén. Adán avanzó con paso natural, pero sus ojos, ocultos bajo la ancha ala del sombrero, examinaron rápidamente el campamento.