Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Hacia el río. Mi hija está enferma y añora la casa. Adán respondió al seco adiós de los hombres y continuó su camino. En aquel instante oyó un breve y seco «Cállate». Adán volvióse rápidamente, pudiendo ver que uno de los hombres sacudía rudamente a la muchacha y le hablaba en voz baja. Adán pensó que se trataba tan sólo de una reprensión del padre a su hija, pero algo le obligó a detenerse para observar cómo se alejaba el grupo.
—No sé… No me gusta el aspecto de esos dos hombres —murmuró enojado consigo mismo por su espíritu inquisitivo y por no haberlos sometido a un más detenido examen. Moviendo la cabeza, malhumorado, Adán continuó su marcha.
—Dicen que no hay agua en los álamos —murmuró—, cuando la cima de la montaña aún está blanca de nieve. O han mentido o no saben lo que dicen.
De nuevo volvióse para mirar en la dirección en que los desconocidos habían desaparecido. Ninguna prueba tenía Adán para que le pareciesen sospechosos, pero cada vez que continuaba la marcha, se detenía a poco y su deseo de volver era cada vez más fuerte. De pronto, tuvo la certeza de que era preciso volver sobre sus pasos.