Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Así transcurrieron varias semanas. Mac Kay, a medida que aumentaba su admiración y amistad por Adán, distanciábase gradualmente de la broma, y un día en que fanfarronamente le retó a tumbar una vagoneta de mineral con la que forcejeaban en vano dos mejicanos y Adán la tumbó con un solo esfuerzo de sus poderosos brazos, haciendo caer las toneladas del mineral en el túnel de fundición, Mac Kay se declaró vencido y estrechó la mano del muchacho.

De este modo se hizo Adán en poco tiempo con buenos amigos que cambiaron el color y la dirección de su vida. Merryvale le enseñó la historia y las leyendas de la frontera. Mac Kay abrióle los ojos acerca del valor del trabajo para la salud del alma y del cuerpo. Arellano representaba el calor de la amistad espontánea demostrando lo que podía estar oculto en todos los hombres. Margarita seguía siendo una incógnita en el desarrollo moral de Adán. Sus relaciones desenvolvíanse casi siempre a la vista de la mujer de Arellano o de éste mismo. Algunas tardes, a la hora de la puesta del sol, los dos se sentaban en la arena de la orilla del río. El encanto de ella aumentaba más cada día. De pronto, acaeció lo inesperado. La maquinaria de la fábrica se detuvo porque se rompió una pieza pequeña, pero imprescindible, y era preciso esperar que llegase otra de San Francisco.


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