Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto A la mañana siguiente Mac Kay puso a Adán en un sitio de trabajo forzado con el mineral, lugar que antes ocupaba un hombre verdaderamente hercúleo. Mantenía Mac Kay su buen humor, pero en su fuero interno estaba molesto, porque aquel bisoño de piernas largas era para él urna nuez muy dura de cascar. El padre de Adán había sido un hambre de gran estatura y enorme fuerza, y el muchacho había oído decir muchas veces que, probablemente, llegaría a parecerse a su progenitor. Aún, estaba muy lejos de ello, pero, por lo pronto, aceptaba el puesto de un hombre y se mantenía en él. Si la tarea anterior había sido ardua, ésta era penosa y dura. Aprendió a conocer lo que significaba trabajar, y también supo que sólo había una cosa respetable para el hombre común: la voluntad y la fuerza para resistir. Adán tenía dieciocho años y estaba muy lejos de haber alcanzado el completo desarrollo. Este hecho, que debía ser evidente para sus compañeros, no era, sin embargo, tenido en cuenta.