Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Muy complacido, advirtió el joven en la expresión del encargado una muestra palpable del respeto que le infundía su resolución. En una semana tuvo Adán al día sus trabajos de la oficina, y se dedicaba todas las tardes a la caldera. Nadie sospechó que sufría, aunque todos vieron que iba perdiendo carnes y que estaba muy fatigado. Por otra parte, sabíale a gloria la dulce recepción que Margarita le hacía todas las noches, aunque el joven procuraba rechazar tales demostraciones. Una vez puso su manita sobre el brazo quemado de Adán y éste se estremeció al suave contacto. Se dijo que todas las mujeres eran tiernas con los hombres que podían realizar grandes cosas, y que cuanto más grande era la hazaña o la lucha, más amaban al hombre que la llevaba a cabo.