Los Caminantes del desierto

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Pasaron varios días hasta que el joven pudo poner al corriente aquel trabajo. Entonces Mac Kay, fiel a su palabra, dijo que le daría entre horas el trabajo de un hombre. La tarea que Mac Kay encomendó a Adán fue nada menos que mantener el fuego bajo las enormes calderas.

Como combustible empleábase la leña y, consumiéndose ésta rápidamente, el trabajo de alimentar el fuego no era fácil. Además, si el horno despedía calor, el sol quemaba todavía más. Adán sudó hasta que pudo exprimir su camisa de tan calada como se puso.

La misma noche se convenció de que Mac Kay estaba gastándole una broma. Arellano así se lo confesó, y también Margarita estaba en el secreto. Mac Kay disponía de muchos obreros para labor tan dura pero quería curar al novato de su manía de ocupar los puestos de los hombres como le había pedido. La broma era de buena ley y divertía a Adán, el cual se propuso demostrar que no cedía ante las dificultades.

Con gran sorpresa de Mac Kay, presentóse el joven a la tarde siguiente para continuar haciendo de fogonero.

—Pero… ¿no le bastó con lo de ayer? —preguntó.

—Tengo resistencia para más.


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