Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Mas ¿era posible ser de otro modo? Al dirigirse la pregunta le pareció como si sus instintos más nobles, las esperanzas y los sueños que no querían desvanecerse en él, entrasen en contienda con nueva fuerza, y experimentó un algo salvaje que nunca había sentido, una extraña emoción ignorada hasta entonces.

—¡Sí, sí, me alegro! —exclamó, como si quisiera confiar su secreto a la noche—. ¡Me alegro de haberme separado de Guerd! ¡Maldito sea él y su ruindad…! ¡Estoy contento de hallarme solo, de haber venido a este desierto; contento de que esa chica me mire con ojos de enamorada! ¡Quisiera abrazarla, besar, y vive Dios que lo haré en cuanto se presente la ocasión!… Ese salón del infierno me disgustó, y el brillo de la navaja del mejicano me dejó frío de miedo. Pero cuando le tuve cogido, cuando sentí mi fuerza, su debilidad…, cuando advertí que podía romperle los huesos, asustado y todo, surgió en mí algo extraño, una furia desconocida que aún me dura… Estoy cambiando. Ésta es una vida distinta y es preciso tomar las cosas como vengan, y tomarlas de frente.

A la mañana siguiente Adán fue a ocupar su nuevo empleo, descubriendo que consistía en copiar en limpio las anotaciones en lápiz de Mac Kay, y después llevar cuenta exacta de las manipulaciones del mineral aurífero.


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