Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Durante el resto del largo camino los dos hombres guardaron silencio, y el joven sólo advirtió su gran cansancio cuando llegó a casa y se acostó. A través de la ventana veía las siluetas de los mezquites y una estrella solitaria. Al principio, la noche le pareció absolutamente silenciosa, mas al cabo, después de aguzar el oído, percibió ruido de ratones o de ardillas en la pared de adobe. El ruido le confortó, en cierto modo, y cuando uno de los animalitos deslizóse sobre la manta por su pecho, perdió la sensación de absoluta soledad.

—Ya he empezado a vivirla —murmuró, refiriéndose a la solitaria vida a que se creía destinado.

La quietud, las tinieblas y la soledad despertaron en él profundas reflexiones. Lo que le alarmaba era advertir los rápidos cambios que se operaban en él. Si mudaba de parecer a cada momento, estando tan pronto mustio y cabizbajo a causa de los recuerdos que no lograba desterrar, como extrañamente exaltado por las bellezas de una región selvática y desierta, o por una puesta de sol, y después vacilante en sus decisiones a causa de unas ojazos negros, o arremetiendo furiosamente contra un mejicano… Si se dejaba llevar así de sus impulsos, era seguro que le esperaba un porvenir poco alentador.


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