Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—El señor es sólo un muchacho, pero ¡vaya un brazo que tiene! —dijo Arellano tocándole los bíceps con mano nerviosa—. Cuando el señor sea hombre, será un gigante invencible.

Vencido el miedo con el efecto del licor, Adán tuvo la sensación de que acaba de hacer una tontería. Bebió otra copa. Sus sensaciones empezaron a cambiar y, con ellas, el aspecto de todas las cosas presentes.

Yendo solo, no hubiera podido hallar la estrecha senda por la que se bajaba al cañón, más Arellano le guió. Caminar por el suelo arenoso se hacía muy difícil, y el joven comenzó a sudar. Poco tardaron en disiparse los efectos del fuerte licor. Le entró curiosidad por saber la causa de la disputa y se lo preguntó a Arellano. Éste le dijo que se había visto obligado aquel día a despedir a su compatriota.

—Perseguía a Margarita —añadió el mejicano— y le eché de casa. ¡Las mujeres!… A ellas nada les importa lo que sea un hombre… ¡Tenga usted cuidado con Margarita! Esa chica tiene más amoríos que semanas el año.



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