Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Yendo de un lado a otro, volvió Adán finalmente a las mesas de juego, y estuvo absorto en una de ellas contemplando una partida de poker que, según le explicó otro mirón, parecía no tener fin. Después el joven continuó dando vueltas sin objeto alguno y, a poco, advirtió una riña entre algunos mejicanos. Muy sorprendido, se dio cuenta de que se trataba de Arellano. Todos estaban un poco ebrios y hablaban y gesticulaban alocadamente. De pronto, uno de ellos sacó una navaja y se precipitó sobre Arellano. Adán vio el movimiento y la hoja rutilante antes de poder fijarse en el hombre. El grupo se quedó silencioso ante la navaja abierta.
Como una centella saltó Adán sobre el atacante y le asió por la muñeca derecha con tal fuerza que el hombre dio un grito estentóreo. Con rápida sacudida, hizo que el mejicano perdiera el equilibrio, y entonces, reuniendo todas sus fuerzas, le volteó por el aire, haciendo caer a algunos de los circundantes, y soltándolo después. El mejicano fue por encima de las mesas a caer junto a la pared, incapaz de levantarse a causa del aturdimiento. Arellano y sus amigos felicitaron a Adán por su hazaña.
—Ahora sí que somos amigos de verdad. Hemos de celebrar esto con una copa —dijo Arellano.
Aunque nadie lo sospechara, Adán necesitaba realmente confortarse, por lo que aceptó el ofrecimiento.