Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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IV

Al transcurrir así, lenta y pausadamente, los días, a semejanza del maravilloso río que dominaba aquel valle del desierto, sucedió de pronto que el joven soñador se despertó, dándose cuenta del peligro que significaba para él aquella muchacha de ojos misteriosos y suaves.

Comprendiólo una tarde, a fa puesta del sol, cuando paseaba con ella por la orilla del río, admirando las policromas bellezas del desierto y de sus montes. Adán, atraído más que nunca por la simpática joven, trataba de explicarle algo, de sus pesares, de lo muy solo que se consideraba en el mundo.

Entonces llegó el despertar. No hablaba ello muy en favor de Margarita, pero revelaba que era una criatura de corazón. Hallarse de pronto envuelto en la llama devastadora de un estrecho abrazo de aquella naturaleza ardiente, fue al mismo tiempo para Adán una revelación y una catástrofe. Invadióle una sensación extraña, advirtió que se le aceleraba el pulso y cuando, a su vez, abrazó a Margarita, mostró algo más que la fugaz llamarada de una pasión juvenil; ardióle el rostro y de sus ojos brotaron cálidas lágrimas. Sintió un agudo anhelo de algo desconocido, un agradecimiento que sólo se expresaba en la violencia de su abrazo, una influencia más profunda y de mayor alcance que lo representado por aquel momento.


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