Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán separó a Margarita un poco y, sosteniéndola, la contempló con mirada ávida. El rostro de ella expresaba dulzura, sus ojos brillaban, negros y profundos como la noche, con una luz que jamás el joven habÃa visto en otras mujeres.
—Margarita…, ¿me quieres? —preguntó, y aunque su voz era la de un muchacho, su aspecto revelaba al hombre.
—¡Oh…, sÃ! —murmuró Margarita.
—¡Margarita! —exclamó Adán con forzada risa—, yo… debo de quererte también, porque siento…, no sé lo que siento.
Inclinóse sobre ella poniendo la boca en sus labios, y aquellos ardientes besos, los primeros que recibiera de una mujer, le revelaron el peligro. Soltó a la muchacha por un deber de consideración que ella no supo comprender; y en el suave reproche de sus ojos, en la pequeña mano que no quiso soltar la suya, ocultábase otra amenaza para los principios del joven.
Adán, mostrándose alegre, trató con mucho tacto de hallar el modo de resistir a la tentación.
—¡Qué nos pueden ver! —dijo.
—¿Qué importa?
—Pero, niña, hemos de… hemos de reflexionar.
—La mujer no reflexiona cuando tiene el amor en el corazón y en los labios.