Los Caminantes del desierto

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La respuesta le parecía a Adán un reproche, porque advirtió en ella la verdad de fa vida, más que la de aquella muchacha que obedecía al impulso de fuerzas desconocidas e indomables. No era el peligro del amor que le ofrecía lo que retuvo al joven, sino el darse vagamente cuenta de que su alma se hallaba dispuesta a ir hacia ella.

De pronto, Margarita cambió de humor. Parecíase a las gatas que, tras ser acariciadas por una mano suave, se enfurecen de pronto por la menor contrariedad.

—¿Cree el señor que me quiere? —preguntó con voz aguada, poniéndose pálida.

—Sí…, así lo he dicho, Margarita. La quiero —apresuróse a afirmar Adán.

—Tal vez… no sea más que una vil mentira.

Acaso Adán se hubiera enojado por aquella insultante insinuación si no hubiese estado seguro de sí mismo. ¡Qué diablillo parecía la muchacha con aquellos ojos centelleantes! Quizá no era mujer a la que él debiera hacer el amor, pero ya era tarde. Por otra parte, no le pesaba; sólo se hallaba aturdido y deseaba reflexionar.

—Si el señor se burla de mí…, Margarita le arrancará el corazón.


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