Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Margarita, yo no me burlo —replicó Adán muy serio, aunque interiormente emocionado ante la ardiente pasión de una mujer ajena a su raza—. Dios sabe que me alegro de… de su amor. ¿Cómo he podido ofenderla? ¿Qué quiere de m�
—Jure que me quiere —exigió ella imperiosamente. Adán respondió a esto con la arrogancia salvaje que le caracterizaba cada vez más; y la risa y el atrevimiento de sus labios ocultaron sus verdaderos sentimientos. No se consideraba como barro moldeable. Bajo su suavidad habÃa un pedernal del que brotaban chispas al choque de la pasión de Margarita.
Después de mostrarse provocativa y seductora, después de revelarse furiosa como una reina salvaje, Margarita volvió a cambiar, aparentando orgullo y frialdad, como una mujer ultrajada que es preciso volver a conquistar a fuerza de tiernas palabras. Si en la última parte de su paseo la joven dio prueba de otra súbita transformación, Adán hizo como si no lo advirtiera. Al llegar a la puerta de la casa, donde estaba sentada la madre de ella, Adán dejó a Margarita allà y se marchó otra vez a la orilla del rÃo. Cuando se sintió libre y seguro, dio un gran respiro de alivio.