Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —¡Ya está! ¡Me he atrevido!… ¿De modo que arrancarme el corazón?… ¡Y he tenido que jurar que la quiero!… ¡Vaya con la fierecilla!… Pero, no, no; es una mujer asombrosa, adorable a pesar de sus uñas de felino. ¿Qué dirÃa Guerd de una mujer asÃ…? La cosa se complica. Heme aquà un muchacho de dieciocho años que creyó tener buenos principios, y ahora soy el amante de una morena que vale un PotosÃ. ¡Parece increÃble!
El joven se paseó durante varias horas por la orilla del rÃo, ensimismado en profunda introspección, atento, sin embargo, a la noche, a las estrellas, a los montes circundantes y al silencioso y rutilante rÃo.
Al acostumbrarse a la soledad y a las tinieblas, despertóse en él un vago sentimiento de afinidad con la Naturaleza. Acaso le faltarÃa el éxito, tal vez los hombres le hicieran traición, pero las silenciosas y solitarias noches y el firmamento con sus estrellas, serÃan siempre sus maestros, como lo fueron de los hombres sabios de los desiertos de Arabia.