Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Por último se despertó reflexionando sobre su nueva situación y se fue a acostar, esperando olvidar en el sueño la complejidad de las circunstancias y de sus encontradas emociones. Mas no podía desterrar el recuerdo de los cálidos besos. Adán vio a Margarita como era: una hija sencilla del desierto, respondiendo, como los indios, a sus impulsos salvajes, absolutamente inconsciente de haber faltado al decoro femenino. ¿Era mala o buena? ¿Cómo podía ser mala si no conocía otra moral que la del desierto? Así Adán reflexionó, conjeturó, maldijo su ignorancia y lamentó su debilidad, diciéndose, sin embargo, siempre, que quería a Margarita y que se sentía atraído hacia ella. La única conclusión a que llegó en su perplejidad fue que, por deber para con Margarita, era preciso vivir de acuerdo con sus propios buenos principios.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, Adán se despertó con renovadas fuerzas, muy animado y lleno de dulces esperanzas. Un nuevo día era para él una emoción. La maravillosa sequedad del aire, los colores que daban a la tierra el aspecto de un país encantador, eran en sí suficientes motivos para que la vida le pareciese digna de vivirse. Por las mañanas siempre se sentía Adán un poco niño.



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