Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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El sueño tardó aquella noche en cerrar los ojos de Adán y, a causa de ello, despertóse más tarde que de costumbre; la rosa de la aurora había florecido va.

En medio de sus abluciones, arrodillado junto al riachuelo, Adán se detuvo para mirar el sol naciente. ¿Había sido otras veces tan singularmente bello? Y en seguida reparó en la belleza de Genia. Era la más hermosa creación de la Naturaleza y la última de que él se había dado cuenta. Grandemente sorprendido de su descubrimiento, tornó a fijarse en ella. Estaba también arrodillada junto al agua, lavándose. Sí, era bella, muy bella. Parecía un hecho sencillo que él no hubiese visto hasta entonces. Le molestó su distracción.

—Wanny, hoy eres todo ojos —dijo Genia alegremente, viendo que la miraba—. ¿Qué tengo? ¿Por qué me miras tanto?

—Genia, vas creciendo mucho —repuso Adán.

—Bueno, eso lo hubieses podido saber hace tiempo si te hubieras fijado en lo que he tenido que hacer para alargarme este traje.

—¿Cuántos años tienes?

—Creo que cerca de diecisiete —dijo ella, con mirada soñadora.

—¡Caramba, pues eres ya toda una señorita! —exclamo Adán—. Y, por cierto, muy… —iba a decir «hermosa», pero se detuvo a tiempo.


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