Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—¡Qué gracioso eres! —exclamó la muchacha, echándose a reír—. No vale la pena de preocuparse… La cosa fue muy sencilla, Olvidé que se iba haciendo tarde, me encontraba a gusto en el agua y me estaba mirando al sol. Nunca me había visto así. He leído algo de las sirenas del mar y de las ninfas del bosque, y me parece que me figuré ser como ellas…

Adán maldijo interiormente el convencionalismo de que no sabía desembarazarse en ciertos momentos. Aquella hija de la Naturaleza habíale dado ya más de una lección provocadora de serias meditaciones, y ahora acababa de recibir otra. Genia no había vivido en el mundo civilizado ni conocía sus costumbres. Era como un cervatillo tímido y selvático; era una niña exuberante, soñadora. Genia sabía leer y escribir, había leído mucho y estaba lejos de ser ignorante, pero no había entendido la significación de la excusa de Adán. Éste volvió a conmoverse y aturdirse al ver que la dulce e inocente sonrisa con que le miraba en aquel momento no era distinta de su expresión cuando la sorprendió desnuda en el agua. A ella le extrañó la preocupación de él y rióse de su contrición. Y su risa, tan llena de vida, parecía barrer, como el viento del desierto, todas las sofisticaciones, hundiéndolas en el pasado de que habían surgido.


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