Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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De pronto oyó el grito de Genia, llamándole. Sobresaltado volvióse hacia ella para contestar. La muchacha venía corriendo por el sendero. ¡Qué ligereza la suya, qué agilidad! El desierto habíale dado la libertad, la gracia, la flexibilidad de los seres selváticos. Como un cervatillo, salvó, saltando, las piedras y en su cabello reflejábase con destellos áureos la luz crepuscular. Al aproximarse a Adán, Genia se detuvo, jadeante, con las manos sobre el pecho.

—¡Ah! —exclamó casi sin aliento—. No podía encontrarte. ¿Por qué has venido hasta aquí, tan lejos?

—Hemos de darnos prisa a volver —dijo Adán— porque pronto será de noche. Ven.

Y con el mismo paso rápido y ligero, Genia avanzó a su lado.

—Wanny… tú te has acercado furtivamente… has tratado de asustarme… mientras me bañaba —dijo la muchacha, con suave reproche.

—Ha sido una casualidad, Genia —replicó Adán apresuradamente, sonrojándose—. Quise asustarte, es verdad, pero nunca me figuré… ¡Palabra! Te ruego creas que ha sido sin intención.

—¡Caramba, Wanny —contestó Genia sorprendida—, claro que te creo…! La cosa no tiene importancia. —Gracias. Me alegro de que lo tomes así. Siento haber sido tan estúpido.


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