Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán no se detuvo hasta llegar al sitio donde el cañón abríase sobre el desierto, lleno de rocas sueltas en aquella parte.
El mundo en que se movía parecíale transformado, radiante en la última luz del día, con la gloria de un áureo esplendor. El corazón le latía apresuradamente y aspiraba de lleno la gloria de la vida que sintiera en aquel instante. Volvió el rostro hacia la suave y fragante brisa del desierto y luego hacia el sol poniente. Sentía un extraño gozo…, la fuerza incalculable del hombre natural.
El luminoso desierto extendíase ante él y en lontananza perfilábase la montaña tras la cual había otros valles, otras llanuras, otras montañas, y, tras ellos, el ancho mar, y cruzando éste, otras tierras. La vasta bóveda del firmamento, teñido de suave azul, animábase poco a poco con la gloria de sus luminares.
Adán sentíase parte de todo. Su éxtasis consistía en sentirse vivir. La Naturaleza nada le negaba, puesto que él era joven, fuerte, vibrante…