Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Arrastrándose por el suelo con la ligereza de una pantera, avanzó por entre los arbustos, sin levantar la cabeza hasta hallarse dentro del calvero. Éste hallábase inundado de la áurea luz del sol poniente, y Genia, desnuda, estaba en la balsa que formaba el manantial, con agua hasta los tobillos. Como un ópalo, reflejaba su esbelto y blanco cuerpo el brillo del agua y los rayos del sol. Parecía maravillosamente transparente, porque la luz solar fingía atravesar su cuerpo, dándole un cálido tono rosa. Su cabello de áureos matices semejaba una llama viva. De sus torneados brazos extendidos caían gotas de agua cristalina, rutilando donde la blanca carne uníase a la línea de la piel tostada. La luz del sol iluminaba su bello rostro, de expresión pensativa, ajena por completo a aquella inspección. De pronto oyó una reprimida exclamación de Adán y vio que éste se hallaba allí, mirándola. Genia estalló en risa de sorpresa y de aturdimiento, y Adán, rompiendo el encanto de aquel instante, huyó corriendo.







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