Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Vagos y felices fueron los primeros días, durante los cuales compró los terrenos del valle y los pobló de ganado: vagos, por el lento crecimiento de un amor insoportable e inconsciente; felices, porque daba gloria ver la felicidad de Genia. Vivamente recordaba algunas escenas: cuando colocó en las finas manitas de la muchacha los documentos, los valores y el talonario del Banco, y con un ademán, como por arte mágico, realizó el cuento de Aladino; cuando anunció a una madre de rostro grave y pensativo que volvía a ser dueña del terreno llorado; cuando ante un joven de ojos vivos alzó el velo de un porvenir risueño.

Pero vaga y mística como un sueña turbado fue la concepción de aquel amor que creció como la llama del sol. Siempre que alzaba la mirada veía la adorable cara pálida, un rostro como el de Magdalena Virey, con toda su belleza, pero sin ninguna de sus pasiones; con todos sus encantos, pero sin ninguno de sus estragos, sino el florecimiento de la juventud, con ojos negros como la noche, enfrentándose con su destino. Y una voz tan dulce como la de su madre, pero, sin el dejo de burla, obsesionaba los sueños del hombre, repercutiendo en los vientos.

—¿Y usted es un hombre del desierto? —había dicho Ruth Virey.

—Sí…, un caminante del desierto.


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