Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Cruzó la arenosa hondonada desde Sierra Macare a las Montañas Chocolate en cuatro días; encontró secos los manantiales de dos de sus campamentos. Y el quinto día, por la tarde, cuando las sombras alargadas comenzaban a salir de las montañas para invadir el desierto, ascendió Adán par la ondulante y bien recortada ladera donde Charley Yim solía cazar con él, y contempló desde allí el oasis en que por poco se muere de hambre, salvándole Oella.
Lo que le llenó de alegría fue hallar el sitio tal como vivía en su memoria. ¡Qué bien lo recordaba todo, a pesar de que habían transcurrido…! ¿Cuántos años?, ¿trece?, ¡no, no, catorce! Mas el tiempo había efectuado poco o ningún cambio en el oasis. La Naturaleza trabajaba lentamente en el desierto.
Los burros olfatearon el agua y bajaron con precipitación la ladera. Adán, tras respirar hondamente, lleno de alegría melancólica, descendió con lentitud al arenoso fondo del cañón, hacia el cauce blanco del riachuelo, en el que corría siempre el agua cristalina sobre los perlados guijarros. Todo parecía lo mismo que el día en que se marchó. Sólo en la espesura de las, palmeras encontró grandes cambios. Las chozas ya no existían y los calveros estaban cuajados de arbustos. Hacía muchos años que nadie habitaba el oasis.