Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Pausadamente escogió un sitio adecuado para acampar, trabajando con la agradable sensación de hacer una estancia permanente o, cuando menos, indefinida. De todos sus solitarios campamentos en el desierto, aquél era el más solitario. Lo llamó Oasis Perdido. Allí podía pasar semanas y meses soleándose al sol como las lagartijas, gozando su soledad, escuchando el silencio; podía escalar las alturas y desde ellas contemplar sonando su vasto mundo, viviendo otra vez los maravillosos momentos en que, inconscientemente, regresaba a la salvaje Naturaleza de otras edades.

Después de terminar la labor, acabado de cenar, cuando los últimos rayos del sol teñían el cielo con matices de rosa y rojo, Adán paseóse por los sauces del riachuelo hacia el banco de arena donde cayera al perseguir a la serpiente de cascabel que le mordió en el rostro. Y de un sitio familiar corrió a otro, sentándose al fin, a la suave luz del crepúsculo, bajo las: palmeras Oella le cuidara, devolviéndole las fuerzas y la vida. ¿Dónde estaría ahora aquella muchacha india, quieta, suave, de ojos sombríos, que se murió transido el corazón de un amor imposible? El crepúsculo parecía profético, las palmeras parecían hablar quedamente. El regreso de Adán era una mezcla de alegría y de tristeza.


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