Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Al día siguiente encalé las alturas donde aprendió a cazar los antílopes, donde conoció la alegría del indio al contemplar el panorama y escuchar los vientos. La ascensión le llenó de alegría y respiró hondamente el aire fresco. Pasó horas en una solitaria roca, como el águila en la montaña, deseando sentir de nuevo aquellos momentos de dulce y suave inconsciencia del salvaje. Mas cuando el sol poniente le obligó a descender, sintióse vagamente decepcionado; la vaga sensación de tranquilidad, de satisfacción, ese algo indefinible, le aludía aún.

Un algo invisible estaba llenando el ambiente a su alrededor, algo ahondaba en su alma.

¿Qué significaba aquella confusión de sus emociones? Su alma parecía hallarse trémula al borde de una gran lección, oculta durante muchos años, y que ahora parecía alborear en la gloria del firmamento, en la inmensidad de la tierra, en la significación del tiempo, en la insignificancia del hombre.

Turbado e inquieto, Adán se acostó. Al despertarse sabía que durante el sueño, durante la noche, había oído las palabras; quedas de la, madre de Genia y las vibrantes de Ruth Virey. «Yo estaré con usted en el desierto». La señora Linwood quiso con ello demostrar la inmortalidad de fa vida, de Dios. Y Ruth: «Yo sería un hombre: nunca huiría, jamás me escondería».


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