Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Y la queda vocecita de la conciencia convirtióse en clarín; Adán sentíase atormentado. Le había engañado la atracción de la soledad del desierto. No había descanso, no había paz. Sentíase impelido. Soñó que era un caminante obligado a recorrer las desnudas llanuras del desierto, y no era un sueño, sino una realidad.
Adán pasó aquel día en la alta montaña, creyendo que allí tal vez se aligeraría el peso de su conciencia, mas esperó en vano. Era un hombre civilizado y sólo en raros momentos podía volver al inconsciente olvido del salvaje. Su alma era un horno en llamas. Las alturas le fallaban. Un obsesionante murmullo alentaba en el viento y un espíritu invisible seguíale siempre. Y por fin, con lento ensanchar del corazón, con terror en el alma, enfrentóse con el Sur. ¡Cómo se le clavaba el recuerdo en el pecho! ¡Picacho! Allí, purpúreo contra el cielo, al parecer tan cerca, alzábase el serrado pico a cuya sombra estaba la tumba de su hermano. Y Adán profirió un grito terrible en dirección al lugar que irresistiblemente le atraía. Le llamaba y era preciso ir. Había caminado en círculo. Todos sus pasos llevábanle siempre hacia el lugar de su crimen. Desde el primer día hasta el último había ido caminando hacia el castigo. Ahora lo comprendía: ésa era la atracción, la meta, la cosa indefinida que flotaba en el ambiente.