Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Al comprenderlo asÃ, sobrevino un momento de salvaje protesta de la fuerza fÃsica contra la mental. Luchó con la misma violencia con que habÃa luchado contra la sed, el hambre, la soledad, los animales y los hombres salvajes de desierto. Como un ser acorralada recorrió la cima de la montaña, deteiniéndose tan sólo en sus habituales lugares de descanso, para sentarse allÃ, petrificado, o para echarse al suelo, retorciéndose y gritando en su tormento. A la caÃda de la tarde bajó la senda, exhausto y macilento, para volver a las inútiles tareas, para ingerir el alimento sin sabor y buscar el sueño imposible. Asà transcurrieron tres dÃas, hasta que se tronchó su pasión por la vida y su violenta fuerza.
Llegó una noche blanca durante la cual Adán sintió que el oasis y su ambiente representaban una escena inquietante. Un espÃritu parecÃa acechar en las tinieblas…, un espÃritu procedente del infinito espacio estelar, y la voz del espÃritu murmuraba algo de vez en cuando, dirigiéndose a la conciencia de Adán. Loco o esclavo, lentamente lo conquistaba.
—¡Nunca me ocultarÃa! —Asà habÃa dicho Ruth Virey en un momento de desdén apasionado.