Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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En la tarde del tercer día dobló por debajo de los bermejos riscos, entrando en la hondonada de Picacho. La senda era vaga, todo estaba cubierto de hierbas y arbustos, y las huellas de ganado eran escasas. La ancha llanura de sauces y mezquites, con sus grupos de álamos, era más densa que nunca, más selvática, y no se veían sendas por ninguna parte. Adán avanzó lentamente, bordeando la espesura hasta llegar al banco de roca bronceada que bajara de la montaña en siglos remotos. Las ocatillas, con sus colores gris perla, verde suave y rojo escarlata, crecían del mismo modo que cuando arrancó allí una flor vara el cabello de azabache de Margarita. Saludó a las flores, porque pertenecían a su pasado.

Y allí mismo, muy juntos, estaban el palo verde y el árbol de la crucifixión, a cuya sombra Margarita le contara sus leyendas. Los años no habían operado en ellos ningún cambio perceptible. El árbol del humo y el árbol verde elevaban como antes su delicado y exquisito ramaje sin hojas hacia el azul, hermosos y suaves, ocultando a la vez la dura ley de su árida naturaleza.

Adán se detuvo un poco. Sus errantes pasos llegaban a su fin. Contempló la selvatiquez de las montañas de Arizona, en la orilla opuesta del río. Parecía conocer todos los picos. ¿Los había visto ayer o hacía va mucho tiempo?


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