Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán cruzó lentamente el hermoso valle de los palo verdes y llegó por fin a la ancha ladera ondulada del desierto que bajaba hasta el río Colorado, tan bien recordada.
Con mirada tranquila y triste contempló el majestuoso río, de rojas y rápidas aguas, entre la selvatiquez de las montañas que nunca pudo olvidar.
Todo el día caminó tras sus fieles burros, a veces elevado sobre la orilla, desde la cual podía contemplar la sombría avenida rodando hacia el Sur, a veces entre las sendas bajas, sombreadas por los sauces de amplio follaje. Y aunque no dejaba de percibir el verdor de los árboles y el largo y serpenteante valle, lo que más tenía presente eran escenas de su infancia y de su antiguo hogar. El recuerdo avivó el amor que profesara a su hermano Guerd. En lo alto de la herbosa colina, junto a la vieja escuela del pueblo, parecíale estar otra vez, alocado, travieso, jugando, siempre dispuesto a obedecer los mandatos caprichosos de su ídolo.