Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—¡Dios mío! —murmuró Adán. Algo indefinido, algo grande formábase en él. La miraba, le daba lástima, la amaba, la deseaba, pero no eran éstos los sentimientos de grandeza que vagamente comprendía su alma. No podía determinar las causas de su sensación, pero ésta relacionábase con la vida, con la belleza, con la pasión y el alma de la joven que tenía a su lado; era una especie de reverencia hacia algo de ella que no lograba entender.

Margarita se serenó pronto, y adoptó una actitud tan tímida, modesta y pensativa, que Adán no podía creer que fuese la misma muchacha. Sin embargo, cuidó de no despertar en ella los sentimientos dormidos.

—Margarita, ¿cuál es el nombre de ese árbol tan hermoso? —preguntó, señalando aquel que tanto había llamado su atención.

—Palo verde[2].

Le interesó informarse más detalladamente acerca de las plantas del desierto que hasta entonces le eran desconocidas. Con este fin hizo pregunta tras pregunta a la joven y le asombró el gran conocimiento que tenía de la flora silvestre.


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