Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Adán se echó a reír. No era la primera vez que la vida del desierto se le presentaba así, en toda su ferocidad. Sin embargo, no creyó que fuera un deber suyo acechar ahora a aquel mejicano que quería prepararle una emboscada. Dejó de pensar en su enemigo para saborear la dulzura de la presencia de Margarita, cuya fragancia le embriagaba como si fuese vino generoso.

—¡Pero, niña…, si hace poco me arañaste…, me dijiste que me odiabas…! —dijo con suave reproche.

—¡No, no, no!… Yo te quiero —exclamó Margarita arrojándose en sus brazos, mostrando ahora el mismo fuego apasionado en su amor que antes en su odio.

Y esta vez fue Adán quien buscó sus labios rojos, besándolos una y otra vez, sintiendo de nuevo la extraña emoción que en vano tratara de explicarse. Serenándose, llevó a la joven a otro lugar más sombrío donde poder sentarse reclinados en el tronco de un árbol frondoso. Margarita apoyó la cabeza sobre el hombro de él y lloró silenciosamente. Mientras, Adán admiraba la belleza de aquella flor del desierto, que tan singular contraste formaba con la mente rudimentaria y estancada de la joven.


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