Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Félix… está escondido… allÃ, en la senda —dijo por fin, jadeante—. Lo he espiado.
—¿Félix? ¿Aquel mejicano que se precipitó navaja en mano sobre tu padre? ¿Aquél que zarandeé en el campamento?
—Sà —repuso Margarita.
—Bueno, ¿y qué?… ¿Por qué se esconde Félix en la senda?
—Ha jurado vengarse. Quiere matarte.
—¡Ah!… ¿Conque ésas tenemos? —dijo Adán, y expresó su sorpresa silbando—. Entonces… ¿tú has venido para avisarme?
La joven asintió con un movimiento de cabeza y al mismo tiempo apoyóse en él, cansada y maltrecha.
—Eres muy buena, Margarita —le dijo el joven, y la llevó a la sombra de un árbol. Con su pañuelo le quitó la sangre de los arañazos de la cara—. Te estoy muy agradecido, niña, y no olvidaré lo que acabas de hacer.
Pero ¿por qué arrostraste el sol y las matas espinosas para avisarme?
—Ahora ya sabes lo que hay y puedes matar a Félix antes de que él te mate a ti —repuso Margarita; su respuesta hubiera podido parecer sencilla y cándida a no ser por su terrible significado.