Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Y soltándola, se marchó sin volverla a mirar. Ya en su casita, recogió el fusil que había preparado y se fue hacia el camino del río. Allí se metió entre los sauces y álamos, en busca de alguna pieza de caza.

A una milla de distancia del pueblo, en la desembocadura de un afluente, ahora seco, se detuvo el joven para admirar algunos árboles de gran belleza. Uno de ellos era de una especie que no conocía: un ejemplar muy bello en su clase y medía unos diez metros. El tronco era ancho en la base y dividíase a poca altura en numerosos brazos que, a su vez, multiplicábanse en centenares de ramas y ramitas, todas muy redondas y llenas de púas. El tronco, los brazos, las ramas, las ramitas, todo el árbol de arriba abajo, era de un brillante y suave color verde, tan liso coso si estuviese pulimentado, pero sin una sola hoja. Adán contempló aquel árbol extraño y desconocido, comprendiendo poco a poco su naturaleza, su exquisito color, la gracia de sus esbeltas líneas, y de nuevo aumentó su admiración por el desierto.

De pronto oyó un grito y, al volverse, vio a Margarita, que venía corriendo hacia él, con el pelo suelto y algunas manchas de sangre en el rostro; llevaba roto el vestido.

—¡Margarita! —exclamó Adán, yendo a su encuentro—. ¿Qué sucede?

La muchacha venía sin aliento y no nudo hablar en seguida.


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